The Diary of an Inner-City Priest #7 – El Diario de un Sacerdote Urbano #7

Diary Entry #7:  The Rest of the Story

When I was young, there was a very popular radio program hosted by a man named Paul Harvey called “The Rest of the Story”.  It consisted of stories presented as little-known or forgotten facts on a variety of subjects with some key element of the story (usually the name of some well-known person) held back until the end. The broadcasts always concluded with a variation on the tag line, "And now you know...the rest of the story." The rest of the story was always surprising and uplifting.

One day I was called to the hospital to anoint a dying woman.  I did not recognize the name I had been given and was not sure I had ever met her.  When I arrived at her room, I found her surrounded by her family.  She was quite elderly, and as I would soon learn, quite demented.  I introduced myself to the group and turned my attention to the patient. “Would you like to receive the Sacraments?” I asked.  “How do I know you are really a priest?” she asked in return with an aggressive tone.  It goes without saying that her family was mortified at this response.  Realizing that this situation was going to demand some time and patience, neither of which I possess in abundant supply, I said, “Well, I am wearing priestly attire”.  “Anyone could purchase that”, she retorted.  Trying another approach I said, “I have in my wallet a document signed by the bishop that ascertains that I am a priest.  Would you like to inspect it?”.  I said this in my kindest sort of voice.  “Anyone could get one of those”, she responded.  Obviously, that was not a reasonable statement.  I concluded that I was not going to be able to get anywhere with this poor soul at that moment.  “Why don’t I visit some other folks and come back later?”, I told the family.  I moved on.

I cannot tell you the rest of the story.  I don’t remember it.  I don’t remember if I ever gave her the Sacraments.  Maybe I did.  Maybe some other priest did.  It would be nice to know what happened to that poor woman, but I don’t know.  God knows she was not in her right mind.  She must have desired the Sacraments, or her family thought she did, or they would never have called me in the first place.

Such situations are not uncommon in my work as a priest.  People come in and go out of my life very quickly sometimes.  It is a constant reminder that I am not the harvest master.  I am a sower of seeds. That is my job.  I move on, sowing the seeds of the Gospel where and when I can.  The rest is in God’s hands; and that’s the rest of the story.

 

Entrada de diario #7: El Resto de la Historia 

Cuando yo era joven, solía escuchar un programa de radio muy popular presentado por un personaje llamado Paul Harvey, el programa se llamaba: "El Resto de la Historia".

Dicho programa trataba de historias que informaban sobre hechos poco conocidos u olvidados . Los mismos incluían una variedad de temas con algún elemento clave de la historia (generalmente el nombre de algún personaje conocido) que no era revelado sino hasta el final del programa. Cada programa siempre finalizaba con la frase: "Y ahora ya sabes... el resto de la historia". El resto de la historia siempre era sorprendente y alentador.

En una ocasión, fui llamado al hospital para ungir a una señora moribunda. No reconocí su nombre cuando me lo dieron y no estaba seguro de haberla conocido. Cuando llegué a su habitación, la encontré rodeada de su familia. Era una anciana y, como pronto me pude dar cuenta, también padecía de demencia. Me presenté a la familia y acto seguido me dirigí a la paciente. “¿Le gustaría recibir los Sacramentos?” Le pregunté. “¿Cómo sé que eres realmente un sacerdote?” me contestó en un tono bastante agresivo. No hace falta decir que su familia estaba incomoda y mortificada por esta respuesta. Al darme cuenta de que esta situación iba a demandar cierto tiempo y paciencia, (y que desgraciadamente no poseo ni mucha paciencia ni mucho tiempo) le dije: "Bueno, como usted puede observar, estoy vestido de sacerdote” “Cualquiera podría comprar eso”, replicó ella. Intentando enfocar la situación de manera distinta le dije: “Tengo en mi billetera un documento firmado por el obispo que certifica que soy sacerdote. ¿Quiere verlo?” le dije en mi mejor tono de voz. “Cualquiera podría conseguir uno de esos”, respondió ella. Obviamente, que ninguna aseveración de mi parte convencería a esta anciana de mi autenticad como sacerdote, y llegue a la conclusión de que en este momento, no iba a llegar a ninguna parte con esta pobre alma, así es que dirigiéndome a la familia les dije: “Voy a visitar a otros pacientes que me necesiten y regreso después”.

No puedo contar el resto de la historia porque no la recuerdo. No recuerdo si regresé y le administré los Sacramentos o no. Tal vez lo hice. Tal vez otro sacerdote lo hizo. Me gustaría saber que pasó con esa pobre mujer, pero la verdad, yo no lo sé. Dios sabe que no estaba en su sano juicio. Seguramente que si deseaba recibir los sacramentos, o a lo mejor su familia lo deseaba, de lo contrario nunca me hubieran llamado.

Tales situaciones son muy frecuentes en mi labor sacerdotal. Las personas entran y salen de mi vida fugazmente. Este es un recordatorio constante de que no soy el amo de la cosecha. Soy un sembrador de semillas. Ese es mi trabajo. Sigo adelante, sembrando las semillas del Evangelio donde y cuando puedo. El resto está en manos de Dios; y ese es el resto de la historia.

 

 

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