THE DIARY OF AN INNER-CITY PRIEST #32 – EL DIARIO DE UN SACERDOTE URBANO #32

Diary Entry #32:  Walking with Mary

Experience seems to suggest that there are two ways that people enter their twilight years: their bodies wear out, while their minds remain lucid; or their minds wear out while their bodies remain vivid.  I have seen many examples of both.  I offer two stories to illustrate these two ways of growing old.  Which is preferable, I will leave to my readers to decide, reminding them that they will ultimately have little choice in the matter.

Mary is a spry, elderly lady who once walked a respectable distance from her home to church every day to attend Mass, and almost any other activity taking place at the parish.  At a certain point, her clock-like regularity began to decline.  Still later, she came to the front porch of the rectory one summer day and rapped on the door in a panic.  I had not seen her for some time. “Help”, she cried.  “There is a woman following me and I am frightened.”  I brought her into the rectory office and invited her to be seated.  She was clearly distraught.  My secretary and I tried to calm her and to determine what was happening.  “That woman out there on the sidewalk is following me.”  “Do you recognize her?”, we asked.  “No”, she said. “And I am afraid.”  I indicated to my secretary that she should try to calm poor Mary.  I proceeded out the door from the office to the sidewalk where the woman was seated on the curb, fiddling with her cell phone.  “Excuse me, Ma’am”, I said as politely as possible.  “I am the pastor of this church, and I am pleased to introduce myself.”  “Begging your pardon, but one of my parishioners has sought refuge in the rectory office, afraid that you are following her.”

Before I continue, I must assure my readers that this was not the sort of encounter one normally relishes.  I was not at all certain what was going on, nor had I any idea how the whole thing might play out.  There are lots and lots of unstable people in the world.  Many of them find their way to inner-city parishes.

The woman on the sidewalk declared, “Yes, I am following her. I am her caregiver.”

“I see”, I said.  “Let me see what I can do.”  Obviously, Mary had passed the point where she should have been wandering around town forcing her caregiver to give chase and try to protect her from herself.  I returned to the office and tried to explain the whole affair to Mary.  My secretary realized what had happened and tried as well to convince her that all was well.  Eventually, after many words exchanged, my secretary drove Mary and the caregiver back to Mary’s home, but Mary would not allow the caregiver indoors.  We contacted her next of kin, and Mary was soon admitted to a memory care facility.  She is confined to a section of the facility where no one has any idea who he, or anyone else is.  Friends of hers and I see her from time to time.  She has no idea who we are.  Her body appears to be as spry and fit as ever.  Her mind is completely gone.

At this point, it is tempting for each of us to pray, “Lord, please let me keep my mind and let my body go instead.”

Please pause, dear reader.  Before saying that prayer, and read the next Diary Entry.

 

 

EL DIARIO DE UN SACERDOTE URBANO 

Entrada de diario #32 

Caminando con María 

La experiencia sugiere que hay dos formas en que las personas entran al ocaso de sus vidas: Sus cuerpos se desgastan, mientras que sus mentes permanecen lúcidas; o sus mentes se desgastan mientras sus cuerpos permanecen fuertes y llenos de vigor. Dejaré a discreción de mis lectores cual opción les gustaría, aunque debo recordarles que en realidad no tenemos muchas opciones al respecto. A continuación, les relato el caso de María, cuyo cuerpo estaba en forma, pero que ha perdido su mente.

María es una anciana vivaz y muy energética que hasta hace poco recorría todos los días y a pie, la distancia desde su apartamento hasta la Iglesia, para asistir a la Misa diaria, y para participar en casi todas las actividades de la Parroquia. Desde un tiempo para acá, ya no asistía con regularidad a la Iglesia y su mente comenzó a fallar. En cierta oportunidad se presentó a la entrada de la rectoría y tocó el timbre presa de pánico. Hacía ya bastante tiempo que no la veía. Al abrir la puerta, gritó: ¡Ayuda, hay una mujer siguiéndome y tengo mucho miedo! La llevé a la oficina de la rectoría y la invité a sentarse. Estaba claramente angustiada. Mi secretaria y yo tratamos de calmarla y determinar qué estaba pasando. “Esa mujer ahí afuera, en la acera, me está siguiendo”. “¿No la conoces?”, le preguntamos. “No”, dijo ella. “Y tengo miedo”. Le indiqué a mi secretaria que tratara de calmarla, mientras yo salía para indagar con la señora que se encontraba en la acera ¿Por qué seguía a María? Al acercarme, ella estaba jugando con su celular. “Disculpé, señora”, le dije lo más cortésmente posible. “Soy el párroco de esta iglesia”. “Disculpe que la interrumpa, pero una de mis feligreses ha buscado refugio en la rectoría, temerosa porque dice que usted la está siguiendo”.

Antes de continuar, debo asegurarles a mis lectores que este no era el tipo de encuentro que uno normalmente disfruta. No estaba del todo seguro de lo que estaba pasando, ni tenía idea de qué rumbo tomaría esta situación. Hay muchas personas desequilibradas en todo el mundo y muchos de ellos por lo general, acuden a las parroquias urbanas por distintas razones.

La señora a la que me había dirigido en la acera me contestó: “Si, yo la estoy siguiendo, soy la encargada de asistirla tanto en su casa como también acompañarla cuando sale”.

“Ya veo”, le dije. "Déjame ver qué puedo hacer." Obviamente, María estaba ya en una etapa en que necesitaba ayuda para protegerla de los peligros que se presentan al deambular ella sola por la ciudad. Regresé a la oficina y traté de explicarle a María que la señora solo trataba de ayudarla. Mi secretaria también se dio cuenta de lo

que había pasado y trató de calmarla y de convencerla de que todo estaba bien. Eventualmente, después de mucho tratar de razonar con ella, mi secretaria la llevó, tanto a ella como a su acompañante a la casa. Al llegar a casa, María no permitió que su acompañante entrara en su apartamento.

Nos pusimos en contacto con su pariente más cercano y María pronto fue admitida en un centro para ancianos y personas con problemas de salud. Ella está confinada en una sección de las instalaciones donde nadie tiene idea de quiénes son o que hacen allí. Desgraciadamente han perdido la memoria.

Tanto yo como algunos amigos de María la visitamos de vez en cuando. Ella no nos reconoce. No tiene idea de quienes somos. Sin embargo, su cuerpo sigue tan ágil y en tan buena forma como siempre, pero su mente está ausente.

En este punto, es muy tentador que al orar le digamos al Señor: “Señor, haz que conserve mi mente, aunque mi cuerpo se debilite”.

Haga una pausa, querido lector. Antes de decir esa oración, lea la siguiente entrada del día

 

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